Os damos algunas pistas para entender mejor estos estudios cada vez más frecuentes entre los aficionados al ciclismo.

Podríamos definir la biomecánica como la ciencia o el estudio del movimiento del deportista con el objetivo de ser más eficiente en el rendimiento deportivo. En el caso del ciclismo, en esa ecuación entraría también la bicicleta, con lo que estos estudios se ha centrado sobre todo en averiguar cuál es la mejor postura del ciclista para lograr el mejor rendimiento.
Hace años, la biomecánica no existía o, si se prefiere, existía con una escasez de medios notable: apenas una trastienda, un rodillo, un par de plomadas y una cinta métrica… servían para corregir la postura de los ciclistas. Obviamente, las mediciones se hacían básicamente a ojo, con la experiencia como única base de datos fiable y atendiendo sobre todo a las sensaciones del usuario. Así se hizo durante muchos, muchos años… Hasta que a principios del siglo XXI aparecieron los primeros sistemas modernos de posicionamiento sobre la bici.

De la medición con láser al análisis cinemático

Estos tampoco eran exactamente como los actuales. Las primeras soluciones biomecánicas se basaban básicamente en una medición bastante exacta de las cotas del ciclista y se plasmaban sobre un patrón teórico en una bicicleta. La idea era comprobar hasta qué punto esas cotas del ciclista y su posición sobre un simulador de bici coincidían con unos patrones establecidos (tallas de la bici).

Los estudios biomecánicos actuales tampoco han variado mucho en su esencia respecto a aquellas primeras propuestas… Obviamente, la parte principal es la comprobación sobre un simulador de bici de las sensaciones y medidas del ciclistas, para poder modificarlas sobre la marcha hasta lograr la mejor posición… La más cómoda y eficaz en el rendimiento. Lo que sí ha cambiado es la toma de cotas para analizar la postura. Si los primeros estudios se basaban en mediciones más o menos exactas, ahora la mayoría de los sistemas, al menos los más avanzados, toman cotas del ciclista en movimiento sobre su propia bici, lo que ofrece unas medidas mucho más reales para lo que finalmente interesa, que es encontrar la mejor posición en la bici.
Además, los modernos medidores de potencia ayudan a esclarecer posibles problemas de simetría en el pedaleo a la hora de la entrega del esfuerzo. La biomecánica actual incluye también un análisis del apoyo del ciclista sobre el sillín, al ensayar con diferentes modelos cuál es el más cómodo y eficaz para el cliente.

¿Cuándo hacerme un estudio biomecánico?

Hay dos momentos en los que cualquier ciclista debe pensar seriamente en hacerse un estudio biomecánico: antes de cambiar de bici (especialmente si cambia de tipo o marca) y, obviamente, si tenemos algún tipo de dolencia persistente. En el primer caso, un estudio nos ayudará mucho a acertar con la talla correcta a la hora de la compra, una de las cuestiones decisivas para disfrutar del ciclismo. En el segundo caso, un biomecánico puede encontrar una posible desviación física, una mala postura o un mal gesto que hacemos al pedalear y que nos lleva torturando desde hace años… Una postura inadecuada nos puede provocar unas dolencias crónicas (rodilla, cervicales, adormecimiento de manos o pies, etc.) que limitan nuestro rendimiento.
Descubrir y solucionar este tipo de problemas es, sin duda, el principal motivo que lleva al aficionado a someterse a un estudio biomecánico. Sin embargo, es importante que advirtamos que aplicar los resultados de un estudio biomecánico no tiene por qué ser siempre una mejora. Exagerando un poco, aunque nuestra postura sobre la bici sea completamente rara o antinatural, mientras no tengamos dolencias y rindamos en consonancia con nuestro nivel físico, no hay problema. Es decir, no siempre nuestra teórica talla correcta de bici es la mejor para que vayamos cómodos. Por eso insistimos en que lo más razonable, en caso de meros aficionados, es acudir al biomecánico cuando tenemos algún problema que resolver. En caso contrario, podemos hacerlo quizás motivados por la curiosidad, pero conocemos casos de ciclistas que por querer adaptarse a su teórico patrón geométrico han acabado con dolores que antes no tenían.

¿Vale la pena pagar por un estudio?

¿Cuánto pagaríamos por acabar con ese dolor de cervicales que tanto nos atormenta a partir del kilómetro 100? Si tenemos un dolor fuerte o incluso tan solo una molestia, quizás vale la pena pasar por el biomecánico y ver si nos lo soluciona. Actualmente hay una gran oferta de estudios biomecánicos. Algunos son más completos que otros y pueden estar más o menos ligados a marcas de bicicletas. La horquilla de precios puede variar mucho: entre 50 y 300 €. Obviamente, el tiempo dedicado al cliente, la especialización y sobre todo si cuenta con análisis del ciclista en movimiento son características que se hacen pagar.
De todos modos, si tenemos en cuenta que una bici actual de gama media en el mercado puede costar entre 2.000 y 3.000 €, quizás un coste del diez por ciento más en un estudio de este tipo probablemente nos parezca asequible. Sobre todo si nos ayuda a solucionar un dolor crónico que aporta un plus de sufrimiento que desde luego no necesitamos.