El circuito mundialista de Richmond no daba para mucho. La selección de Países Bajos quiso explorar sus límites y tiró a muerte mediante Jos van Emden, que invirtió todas sus energías en mantener el pelotón estirado durante la primera mitad de la prueba hasta retirarse, extenuado, con el deber cumplido. Eso provocó estrés, látigo y algunos cortes que nacían al salir de los repechos y morían en el llano inmediatamente posterior a la meta. Sucedió una decena de veces. Como se temía, sólo llegaron a tener cierta vida por delante del pelotón la fuga inicial, la habitual mezcla de corredores jóvenes, exóticos y World Tour en busca de contrato; una segunda fuga con Pantano, Phinney, Boivin y Siutsou, ciclistas que no tenían la vitola de contendientes pero al menos se exhibieron; y una tercera con favoritos como Kwiatkowski o Boonen. Sin embargo, casi un centenar de ciclistas llegaron compactos a la última zona de repechos, la hora de la verdad, sin nadie por delante.

En este contexto, la selección española se movió con dignidad. Activos en los cortes estuvieron Lluís Mas, Rubén Plaza, Dani Moreno, Ion Izagirre, Purito Rodríguez. Mientras, en el pelotón, Imanol Erviti y Luis León Sánchez cuidaban de Alejandro Valverde mientras Juanjo Lobato se buscaba la vida. Se echó de menos algo más de bloque: la mayoría de combinados nacionales circulaban agrupados por completo o casi mientras los rojigualdas parecían dispersos dentro del pelotón. Aun así, la imagen fue buena y el resultado, el mejor posible: Valverde, bien apoyado por Luisle en los instantes decisivos, pudo disputar el esprint final y firmar un buen quinto puesto, su noveno top10 en una cita mundialista. En Qatar difícilmente consiga el décimo. Quizá en Bergen…

Peter Sagan, que tan desganado se mostraba en la víspera cuando le pedían que analizara la carrera, resultó ser quien mejor la interpretó. Atento a todo corte con más de veinte ciclistas, pasó la antepenúltima cuesta del día en contención mientras Stybar y Degenkolb se empleaban a fondo. Contemporizó para que los atacantes en la cresta del repecho se anularan entre sí y lanzó su demarraje al albur del acelerón de Greg van Avermaet en las estribaciones de la penúltima subida. Era ésta violenta, empedrada y empinada, e igualmente violento fue su ataque. “Me tomé todos los geles que tenía y apreté a fondo”. En el breve llano de la cima mantuvo la velocidad con su poco ortodoxo estilo de codos abiertos y en el descenso se lanzó con su icónica posición aerodinámica en que abandona el sillín y se esconde sobre el tubo superior del cuadro de su bicicleta, casi en la pipa.

Los dos últimos kilómetros fueron un paseo triunfal para Sagan. Lo hizo a tope de pulsaciones, claro, y con tanta potencia que sacó el pie del pedal en la última cuesta, pero sabedor de que la victoria era suya. Anotó así el primer gran triunfo de su carrera. Los otros 74 que figuran en su palmarés palidecen ante la grandeza del éxito arcoíris y, por qué no decirlo, ante la magnitud de un mito que hace tiempo trascendió a la persona. Peter Sagan es un ciclista dicharachero, genial, irreverente, poderoso, y a la par débil en los momentos clave. Carismático ante el público y tímido en los grandes escenarios. Por eso hasta ahora no ha ganado un Monumento, por eso tanto tiro al palo en el pasado Tour de Francia, donde era con diferencia el más fuerte.

Ayer, en Richmond, era el mejor en todos los sentidos y ganó de la mejor forma posible, elevando la categoría de un Mundial deslucido por la realización televisiva. Alegra pensar que el patrón arcoíris descollará la próxima campaña en la espalda y el pecho de un ciclista que ya era una estrella descomunal antes de adjudicarse el honor de portarlo, un ciclista que ya es un mito teniendo aún el palmarés en construcción y más carrera deportiva en el horizonte que en los libros. Desde el ataque en esa cuesta llamada 23rd Street hasta dentro de un año en el desierto, Sagan tendrá toda la temporada 2016 para interpretar el capítulo arcoíris de su leyenda. Será el primero de su madurez. Promete ser glorioso.