Decía Aldous Huxley que la felicidad nunca es grandiosa. “La estabilidad no es tan espectacular como la inestabilidad, estar satisfecho del todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o la duda”. Por eso los campeones perfectos, o mecánicos, carecen del encanto de aquellos campeones que viven inmersos en problemas, que toman malas decisiones y las defienden con todo su talento hasta sobreponerse. Vincenzo Nibali ha sido esta temporada un campeón a contrapié, acuciado por mil y un circunstancias que le han llevado a conseguir resultados por debajo de su caché. Hasta ayer no figuraba entre los 30 primeros de CQRanking, el indicador estadístico más explícito del ciclismo de carretera. El año pasado acabó 3º; en 2010 y 2013 fue el número uno…

Y sin embargo, la victoria de Nibali en Il Lombardía parecía inevitable. Lo era porque en las semiclásicas italianas se había mostrado voraz, ganando à la pedale en una de velocistas (Coppa Bernocchi) y en otra más quebrada (Tre Valli Varesine) en la cual apretó durante una cuesta de pendiente amable hasta reventar a todos los rivales que osaron intentar mantener su rueda. El dotado escalador francés Thibaut Pinot fue uno de ellos y ayer, subiendo Civiglio, penúltimo escollo del recorrido, sufrió con elocuentes muecas para mantenerse a la estela de un ‘Squalo’ que no tardó en cejar su ofensiva para estallar de nuevo en la bajada. Su inesperado demarraje no halló respuesta de unos rivales cansados de pelear contra lo ineludible. 25 segundos les metió en apenas tres kilómetros de descenso magistral. “Es una cualidad que se tiene o no se tiene”, contó soberbio en rueda de prensa.

¿Y de dónde ha salido esa inexorabilidad de Nibali? De la rabia. La rabia por no encontrarse a gusto en el polvorín de Astana, Vinokourov correo va y correo viene, y por comerse el oprobio del lamentable acelerón de la Vuelta a España. “Fue un gran error, pero quería decir que no sólo fue mío”, disparó con intención, quizá contra el cómplice necesario Alexandre Shefer, que conducía aquel coche celeste el día de autos. Pero… “Ha sido bueno que me echaran de la Vuelta. Me ha hecho recuperar esa “cattiveria” [picardía, mala idea] que tal vez me faltaba”. Así se escriben las grandes historias, buenas luchas contra la desventura.

Mención aparte merece Diego Rosa. El exbiker, escalador ligero en la carretera, ha contrastado su calidad esta temporada con Astana, donde llegó procedente del Androni Giocattoli de Gianni Savio. Fue básico para Fabio Aru en Giro y Vuelta: en ambas actuó como un gregario ejemplar y además acabó entre los 25 primeros de la general. En este final de temporada se ha puesto a las órdenes de Nibali, “es un líder distinto, aunque nos hemos entendido de inmediato”, y ha anotado una victoria impresionante en la Milán-Turín y resultado clave para la victoria de ayer de ‘lo Squalo’. “En un momento dado le pedí a Diego que dejara de tirar porque, a ritmo, llegaríamos todos juntos a meta y Valverde nos freiría al esprint”, explicó el siciliano. Dicho y hecho, sus ataques aniquilaron las piernas de los rivales y su labor de distorsión atrás ralentizó la caza cuando su capitán ya marchaba en solitario. A sus 26 años, sólo 3 como profesional de la ruta, Rosa pinta grande.

La otra gran historia del Lombardía fue la pelea por la clasificación por escuadras del UCI World Tour, un Movistar contra Katusha que en los compases finales quedó reducido a un Alejandro Valverde contra Dani Moreno. Las informaciones que visten al madrileño de azul la próxima temporada dieron lugar a interpretaciones insidiosas por parte de algún #visionario; sin embargo, Moreno dejó claro que corría para sí mismo y sus actuales pagadores atacando en el último repecho, San Fermo della Battaglia. Estuvo cerca de cazar a Nibali, pero tuvo que conformarse con ser 2º. Valverde, por su parte, sacó los últimos gramos de energía de sus piernas acalambradas para ser 4º (6º o peor no hubiera valido) y obtener el galardón de mejor equipo de primera división por tercer año consecutivo para el conjunto de Eusebio Unzué. El individual ya era merecida propiedad del murciano desde la Vuelta, el cuarto de una carrera deportiva legendaria.