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Una marcha que recorre el Glandon, el Galibier y Alpe D’Huez
es sin duda un plato muy apetecible para cualquier cicloturista que se precie.
Este año, repetimos nuestra cita habitual con la Maramotte y las cosas nos
fueron bastante bien.
Llegamos a Alpe D’Huez más tarde de lo previsto, ya no
teníamos tiempo de rodar un poco para desentumecer las piernas después de las
casi 8 horas de viaje, así que nos dirigimos directamente a recoger el dorsal.
Éste año la cosa ha mejorado en la Maramotte, la recogida de dorsales se
realiza en una sala cubierta del pabellón deportivo y hay mucho más personal
que en años anteriores, no hay aglomeraciones y la recogida se hace sin
problemas. Un cartel escrito a mano en la puerta nos informa de que éste año hay
cambios en la salida, los primeros dos mil dorsales saldrán a las 7h, del dos
mil al cuatro mil a las 7:30h y del cuatro mil en adelante a las 7:50h. Nuestro
grupo es de once ciclistas y todos saldrán a las 7:50h excepto yo que lo haré a
las 7h, sutilmente me proponen que salga con ellos a su hora, pero gentilmente
declino la oferta, quiero intentar batirme con los de delante. Tras la recogida
de dorsales montamos las bicis y mientras unos preparan la cena otros bajamos a
dejar un coche en Bourg d’Oisans que mañana nos servirá para dejar la ropa de
abrigo que usaremos en el descenso hasta la salida. La cena, entre
anécdotas y risas acaba al filo de la medianoche. Como
soy el primero que tiene que levantarse duermo en el sofá cama del salón del
apartamento que hemos alquilado en Alpe D’Huez. A las 5:15h suena el
despertador, desayuno cuatro galletas y mucho zumo, la verdad es que a esas
horas el estómago aún está durmiendo. Me visto y cojo los siete powergels que
serán mi alimento durante la carrera.
Víctima o Caco
Antes de salir corro la cortina para ver que tiempo hace y
veo a un hombre trepando por la barandilla de la terraza, me hace indicaciones
para que le abra la puerta de la terraza, así lo hago y me dice que les han
robado dos bicis de la terraza del segundo piso y me pregunta en francés si he
visto u oído algo, le contesto que no y me alegro de haber guardado las seis
bicis de mis compañeros de apartamento dentro de casa. También pienso que bien
podría ser un caco en busca de su botín, pero ahora no es momento de ponerse a
investigar.
Salgo del apartamento poco antes de las 6h, quiero ir con
tiempo por si pincho en el descenso a Bourg D’Oisans. Es la primera vez que
puedo abrigarme a voluntad porque la ropa la podré dejar al llegar abajo. Salgo
con manguitos, perneras, un jersey de forro polar, un paraviento y guantes
largos, empiezo a bajar y me doy cuenta de que debería haberme tapado la
cabeza, el único sitio donde tengo un poco de frío. En el descenso a Bourg
D’Oisans me adelantan dos vascos que van de corto, siento frío solo de verlos,
pero a ellos no parece molestarles. Una vez abajo me saco toda la ropa de
abrigo, la meto en una bolsa de plástico y la dejo debajo del coche para que
mis compañeros la metan dentro cuando bajen una hora más tarde. He llegado
pronto y me sitúo casi en primera fila, todavía quedan veinte minutos para la
salida, poco a poco la parrilla se va llenando y el “speaker” empieza a dar
consejos.
Salida
Poco después de las 7h se da la salida. Esto parece
un criterium, la gente sale disparada y en las rectas, hasta el desvío de la
carretera que lleva al Glandon, miro el cuenta kilómetros y marca 52 km/h luego baja a 45 km/h. Tras algunos
frenazos inevitables en pelotones tan grandes llegamos a Rachetaillee, donde
por obras en la calzada nos desvían por un puertecito de dos o tres kilómetros,
el pelotón empieza a romperse, la gente es consciente de que esto es muy largo
y hay que guardar fuerzas. Yo me lo conozco y pienso en mi bestia negra: Plan
Lachat, levanto un poco el pedal y me pongo a mi ritmo, ni adelanto ni me
adelantan, pero ya he perdido la cabeza de carrera a la cual no tenía la más
mínima intención de seguir. Tras un breve llano empieza la larga subida al
Glandon, la gente empieza siempre muy alegre y el grupo con el que voy me deja
de rueda, hoy no me apetece sufrir y les dejo marchar, pongo ritmo constante y
los voy cogiendo y pasando poco a poco. Pese a sus 23 km el Glandon se hace
bastante bien, lo más duro está al principio y al final incluso hay algún
kilómetro de descenso. La carretera hasta donde alcanza la vista es un rosario
de ciclistas y eso que delante mío no debe haber más de doscientos. Al coronar
el Glandon paro a llenar bidones, sé que en el llano hace mucho calor y no
quiero quedarme sin agua a mitad del Telegraphe. En una de las primeras curvas
nada más empezar el descenso me fijo en una placa y unas flores que recuerdan
al cicloturista holandés que se mató en la edición de hace dos años, uno
siempre tiene una extraña sensación cuando ve cosas como esta. El descenso es
muy peligroso: curvas cerradas, carretera estrecha y asfalto en mal estado. En
cada curva peligrosa hay miembros de la organización con banderines, pero por
suerte la gente no baja a tumba abierta, lo hacen con cabeza y respetando los carriles,
y menos mal que así es porque nos cruzamos con más de un coche subiendo, pude
contar hasta cuatro coches. Sigo creyendo que es increíble que no corten este
trozo de carretera habiendo pasos alternativos para los coches.
Como sucede siempre, al acercarnos al valle se va creando un
grupito para hacer la transición hasta Sant Michel de Maurienne. El ritmo es
bajo, todo el mundo se hace el remolón, servidor incluido, y guarda fuerzas
para el Telegraphe. Cuarenta minutos más tarde empezamos a subir el Telegraphe,
como siempre, la gente sale disparada. Algunos no saben que el Telegraphe lo
pagas en el Galibier. Yo pongo mi marcheta, tengo entre ceja y ceja llegar
fresco a Plan Lachat y evitar así las crisis de cada año. Tampoco sé cómo van a
responder los polvos de sodio que en teoría evitarán la visita de mis amigos
los calambres. A ritmo, voy adelantando a algunos que empiezan a pagar la
fogosidad del inicio del puerto, aunque tengo suficiente agua mi intención es
parar en el avituallamiento a mitad de puerto, avituallamiento que
increíblemente no veo, ¡pero si estaba marcado en la hoja de ruta! Echo la
culpa a la organización, pero más tarde un compañero me dice que sí que había
avituallamiento pero que cuando llegó él ya no había agua. Corono el Telegraphe
muy fresco y aprovecho el descenso hasta Valloire para ingerir mi cuarto
Powergel del día, mi poca habilidad hace que tras cada ingesta de gel se me
queden los dedos pegados entre ellos como con pegamento. En el avituallamiento
de Valloire, paro y lleno bidones, por experiencia sé que más vale perder el
tiempo aquí que recibir la visita del hombre del mazo a mitad de subida. Salgo
de Valloire con la mente puesta en Plan Lachat, mi bestia negra. Me encuentro
bien, demasiado bien y aprieto un poco, vuelvo a mis cabales y reduzco la
marcha hasta Plan Lachat.
Plan Lachat
Ya tengo ante mí la rampa de derechas que me ha
desmoralizado año tras año, mi bestia negra, el lugar donde año tras año he
recibido la visita del hombre del mazo, donde año tras año he perjurado que
nunca mas volvería a correr la Marmotte, pero ésta vez no, estoy fresco, pongo
el 36x25 y empiezo a subir con cierta prudencia, en este tramo adelanto a
muchos ciclistas que han realizado la mi-marmotte (salida de Valloire y llegada
a Alpe D’Huez), paso la rampa y decido no reservar tanto, sé que luego tendré
tiempo de recuperar en la bajada para afrontar el Alpe, tan solo temo la
aparición de calambres, pero de momento me respetan. Me encuentro bien y
disfruto de la subida, ¡hasta me da tiempo de mirar el paisaje en algún
momento!. En la cima del Galibier vuelvo a llenar bidones. Mientras lo hago
otro ciclista le pregunta al soldado (¡si, soldado del ejército francés!) que
le está llenando los bidones si la cabeza de carrera está muy lejos, el soldado
responde que a unos 45 min. Me dejo caer, de nuevo hay que ir haciendo grupeta
hasta Bourg D’Oisans pero ahora la carrera está muy rota y tardamos bastante en
reagruparnos. Vamos haciendo relevos y la grupeta va absorbiendo ciclistas
hasta casi triplicar su tamaño y así llegamos al pie del Alpe D’Huez, tengo una
hora para llegar hasta arriba si quiero batir mi mejor marca: la regla de tres
es fácil y calculo que tengo que subir a doce por hora de media, pero en las
primeras rampas no paso de diez u once por hora. Alpe D’Huez es muy largo y
oigo como unos franceses se dicen uno a otro: “Esto hay que empezarlo
tranquilamente para acabarlo tranquilamente” De momento, decido seguir su
consejo hasta que queden cinco kilómetros para meta. Los kilómetros pasan
lentamente pero las curvas numeradas hacen la ascensión más amena. Por fin
llego al cartel de cinco kilómetros a meta y ahí ya decido que se acabó el
regular, aumento el ritmo y los kilómetros pasan rápido, ya veo el pueblo. A
dos kilómetros de la meta me siento como en el Tour: un grupo de vascos me
rodea y empiezan a animarme a gritos, mi autoestima crece por unos segundos
hasta que dejo de oírlos.
Sólo me quedan dos curvas para llegar al pueblo y un
kilómetro casi llano. Ya está hecho, pocos minutos más tarde cruzo la meta y
por unos segundos me embarga la sensación que me hace volver cada año, una
alegría interior inmensa, indescriptible, una sensación tan efímera pero a la
vez tan intensa que recompensa, con creces, todas las horas de entrenamiento de
fondo y series que he necesitado para batir mi propia marca.
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