La marcha que organiza el CC Villarcayo en homenaje al ciclista más famoso de esa localidad burgalesa, Íñigo Cuesta, se celebró el pasado domingo 10 de junio con una organización impecable y un recorrido espectacular entre Burgos y Cantabria.
Las lesiones y la meteorología son caprichosas. Tras un año en el que apenas he podido andar en bici con normalidad, llegaba junio, mi mes favorito para ir de marcha, y llegaba con más tiempo para entrenar con regularidad y con la intención de completar esta marcha en homenaje a mi amigo Iñigo Cuesta. Pero, a la hora de la verdad ni pude saludarle, porque su equipo, el CSC, le llamó un par de días antes para que fuera a la Dauphiné Liberé, ni pude hacer el recorrido, puesto que mi maltrecha rodilla izquierda se está resintiendo estos días de una vieja lesión.
Menos mal que el año anterior completé el recorrido un par de veces, así compenso de algún modo la falta de este año. Ha sido una pena, también, que el mal tiempo del día antes y de toda la noche haya restado muchos participantes a esta preciosa marcha. Si el año pasado salimos en seco y se puso a llover después, este año se salió con el suelo mojado, pero después el día mejoró muchísimo y la ascensión a los numerosos puertos a caballo entre Cantabria y Burgos presentó su cara más espectacular, sobre todo en la parte alta de Lunada, magnífico paisaje que este año, y por mor de las lluvias, presentaba un verdor resplandeciente.
Pero así y todo fueron más de 300 participantes quienes dieron color a esta cita que seguro que en pocos años va a ser una de las marchas de referencia de muchos de nosotros. El paisaje lo merece, y la organización del C.C. Villarcayo se vuelca para que todo salga bien, y pone todo su empeño en hacer que su paisano Iñigo, uno de los profesionales más veteranos del pelotón mundial y uno de los hombres de equipo mejor valorados, tenga un homenaje como se merece, de altura, y no sólo por lo montañoso del recorrido, sino por la calidad de la marcha.
Por las Merindades burgalesas
Tras un pequeño retraso salió la segunda edición de la Iñigo Cuesta de Villarcayo, capital de las Merindades burgalesas, un entorno encantador y lleno de rincones a los que dedicar una excursión tranquila. Es muy breve la zona llana de esta macha, pues enseguida se asciende al Repetidor, para de allí bordear el embalse del Ebro y subir la Matanela (por su parte sencilla, eso sí). Tras una bajada larga y sinuosa, se alcanza Vega del Pas, un pueblo pintoresco donde los haya, con casas balconadas y gente que mira, curiosa, el paso de los cicloturistas. Aquí comienza la ascensión a La Braguía, no demasiado duro, pero que es otro más de este suma y sigue de subidas que es la Íñigo Cuesta.
Al descender al otro lado llegamos a Selaya, pueblo famoso por sus sobaos y mantecadas, y de donde parte por muy buen asfalto la carretera de El Caracol o El Canpillo, que se empina ya de forma importante y que a más de uno se le atragantó por sus porcentajes de dos dígitos en muchos tramos. Ni qué decir tiene que el paisaje es súper atractivo, con prados verdes que enmarcan unos montes pelados en lontananza.
El descenso se hace rápido, y tras él, y sin un metro de llano, empalmamos con la subida al Portillo de Lunada, del que nos quedan sus 14 km finales que se hacen largos, muy largos, pese a que sus pendientes no son excesivamente complicadas. Creo que todos los que hemos hecho esta ruta estamos de acuerdo en que subir Lunada, sobre todo con sol, como ha sido este año, es una auténtica delicia, y éste es sin duda el momento más bello de la jornada, con un paisaje infinito, verde y que nos traslada a prados alpinos de ala montaña. Su herradura final es un auténtico balcón sobre Cantabria, una de las comunidades más bellas para el cicloturista.
Tras un último avituallamiento en el alto, tocaba un descenso algo botoso por los rigores climáticos que ha de soportar el asfalto todos los inviernos, aunque después hay muchos kilómetros finales llaneando por lugares tan bonitos como la carretera que va de Quintanilla del Rebollar a Villarcayo. Ya en la meta, unos macarrones y una típicas morcillas de Burgos se encargaron de reponer las fuerzas de todos, de los que habían hecho la marcha en bici, de los voluntarios y de los que, pese a ir en coche todo el día, también llegamos hambrientos a la meta. www.ccvillarcayo.com
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