Ya han pasado unos cuántos días desde que finalizó la PBP y aún siento una gran emoción al recordarlo, es uno de esos eventos a lo que hay que ir, al menos, una vez a la vida. Era mi primera participación, todo lo que sabía era lo que me habían contado, pero la realidad superó todo lo que había imaginado.
Alguno podría decir que, por ejemplo en la Quebrantahuesos, hay más participantes, más público, mejor tecnología para controlar los tiempos, el recorrido está mejor señalizado y muchas cosas más que seguro son ciertas, pero lo que en realidad creo que hace especial a la PBP son los participantes. Cualquiera que tenga una bicicleta, un casco y pague la inscripción ya puede participar a la Quebrantahuesos, así de fácil, sin ningún requisito más. Para poder participar a la PBP se necesita haber hecho durante el mismo año cómo mínimo las brevets de 200, 300, 400 y 600 kilómetros, un total de 1.500 kilómetros. En la PBP no hay nadie que se haya perdido o lo hayan engañado o no sepa dónde está, todo el mundo saber perfectamente dónde está y lo vive con una intensidad muy fuerte, es una gran fiesta del ciclismo en estado puro.
Impregnado de este ambiente y rodeado por cientos de randonneurs venidos de todas las partes imaginables del mundo, el día 20 a las 20:15h empezaba la aventura. Por delante 1.227 kilómetros con el objetivo de volver de dónde salía en menos de 50 horas, todo un reto personal y deportivo por el que me había estado preparando minuciosamente toda la temporada. Había entrenado y descansado bien, tenia la bicicleta en perfectas condiciones, los cálculos de paso de cada control estudiados, los avituallamientos preparados, todo calculado hasta el más mínimo detalle. Pero había una cosa que daba por sentada que no iba a fallar, nunca antes me había fallado... 458,5 kilómetros después me retiré.
De Barcelona a París El sábado 18 de agosoto y de buena mañana salimos en coche de Barcelona mis padres (que iban a hacerme de asistencia durante la PBP), la bici, cientos de recambios, la nevera cargada de Coca Cola (que nunca puede fallar en los avituallamientos), unas cuantas bolsas y yo mismo. Cómo todos los viajes largos en coche se hizo pesado y más aún con la caravana que nos encontramos ya en Francia. En un área de servicio celebramos mi cumpleaños, ¡ya van 30!, y continuamos el viaje por una autopista muy nueva con vistas espectaculares. Para celebrar mejor el aniversario nos dimos el “lujo” de cenar en un “Búffalo Grill”; pollo con patatas fritas y tres bolas de helado de chocolate, la dieta del campeón... era mi aniversario, ¿algo qué decir?
El día siguiente se levantó feo. Las nubes se pusieron deacuerdo para no dejar salir el sol y de vez en cuando dejar caer unas cuantas gotas. Por suerte el chico del hotel se tomó lo de ayer con gracia, debe estar acostumbrado. Tenía hora para la revisión de la bici a las 18h, pero me habían dicho que era mejor ir por la mañana, así que almorzamos y nos fuimos a buscar el “Gímnase des Droits de l’Homme”, centro de operaciones de la PBP. Otra vez echamos de menos el GPS. Otras tantas vueltas y finalmente localizamos el pabellón, ya se empieza a respirar el ambiente. Es emocionante, yo que hacía un año y medio no sabía ni que era una brevet, ahora estaba a París con mi querida Orbea Aqua.
Todo está muy bien organizado y señalizado, no hay pérdida para entrar al pabellón y localizar la mesa dónde tengo que recoger la documentación. Este año no hay revisión, porque ésta tenia básicamente la finalidad de certificar las luces y las bombillas de recambio, pero todo el mundo va con luces de leds y ya no tiene sentido. Me dan el carné de ruta, la tarjeta magnética para hacer el seguimiento online, el dorsal y más cosas, pero lo que más ilusión me hace es la medalla de “Super Randonneur 2007” que certifica que este año he hecho la serie de brevets de 200, 300, 400 y 600 kilómetros. En casa tengo copas unas cuantas veces más grandes que la medalla, pero ésta me ha costado mucho más esfuerzo conseguirla, se ha ganado un lugar de privilegio a la estantería.
Saludo a unas cuantas cara conocidas y con mis padres visitamos los expositores del pabellón y miramos con asombro las bicicletas más raras que se puedan imaginar en el parking. Para ir estirado, de tres ruedas y carcasa de fibra cómo un coche pequeño, tandems de 3 plazas, unas cargadas de muñecos de peluche, una Decathlon Rockrider de 60€ como la que tengo de freakybike para desplazarme por la ciudad... (a mi el pedalier ni me duró 80 kilómetros antes de perder todos los rodamientos en medio de la calle y dejarme tirado, ¡y hay uno pretende hacer 1.227 kilómetros con ella!).
Y llegó la hora...
Fui al polideportivo y ya entré a la cola para la parrilla que avanzaba lentamente. Justo antes de pasar el control de salida para la parrilla definitiva, se cerró la primera parrilla de 500 participantes, la que salía a les 20 horas. A mi me tocaría salir en la segunda, la de las 20:15h, pero en primera fila. Por el tiempo no habría problema, en el marcaje del carné de ruta ponía la hora de salida para contabilizar el tiempo final. Así que cuando se cerró mi parrilla estaba en primera fila, debajo del arco de salida, los patrocinadores estarían contentos, ¡saldría en todas las fotos! Salieron los de la primera parrilla y al cabo de 15 interminables minutos salimos nosotros. Esto estaba irremediablemente en marcha, me sentía cómo si fuera una salida del Tour. Mucho público, vallas marcando el circuito, motos de policía abriendo el camino, más gente animando en todas partes; en los laterales de las calles, en los puentes, encima de las farola, realmente emocionante para todos.
Los primeros kilómetros fueron neutralizados, con frío y sin lluvia, por suerte hacía rato que no llovía y no parecía que volviese a hacerlo... finalmente el coche que neutralizaba la carrera se apartó y empezó todo a volverse rápido, muy rápido, cómo si fuéramos a hacer 200 kilómetros, a muerte. Los italianos maestros entre los maestros ocuparon las primeras plazas con estilo, los norteamericanos creyéndose los maestros y sin estilo dando bandazos, una grupeta de cuatro japoneses bajitos al más estilo kamikaze se cruzaban sin contemplaciones, todo un espectáculo. Viendo el panorama me dejé caer pelotón atrás, no era cuestión de morir antes de empezar. Lo que me sorprendió fue ver gente sin casco. No llego a entender el porqué de su no utilización, yo le debo dos “vidas”, pero tampoco voy hacer ahora ningún discurso.
Los kilómetros van pasando y la gente se va calmando, incluso algunos ya pagan el esfuerzo de la salida. El perfil no es montañoso, pero sí muy ondulado, así que en una subida aprovecho y me pongo delante con la intención de hacer una grupeta para ir cogiendo a los 500 que han salido en la parrilla de las 20h. La noche cae enseguida y enciendo las luces de la dinamo, tanto la delantera cómo la trasera van con ella. El sistema que gana en cantidad son las luces de leds, pero la luz de la dinamo es la envidia del pelotón, los amigos de Espaibici me han aconsejado bien. Escaparse en llano es muy difícil, pero el pelotón va estirado, delante hay entendimiento, los relevos hacen efecto y al cabo de unos cuantos kilómetros más nos hemos escapado una grupeta de unos 20, que sin bajar el ritmo ya empezamos a adelantar gente de la parrilla anterior.
Hasta el kilómetro 140 , donde está el primer avituallamiento se rueda más o menos igual, cogiendo a gente y ampliándose el grupo, hasta alcanzar al grupo principal. Por delante solamente hay algunos pocos escapados, todo está yendo perfecto. La carretera sigue siendo ondulada, hecho de menos los acoples que me compré para esta ocasión que resulta que no lo puedo llevar, la normativa actual los prohíbe por peligrosos en caso de accidente. Yo pedaleando y mis Syntace XS que el amigo Francesc de Alpcross me suministró descansando en el trastero de casa, ahora que ya me había acostumbrado a ellos.
Finalmente llegó el primer avituallamiento, allí estaban mis padres expectantes con una Coca Cola y un bocadillo de jamón dulce. Me dicen que los primeros no hace mucho que han pasado, pero que van a muerte, algunos hacen incluso ya mala cara y esto acaba de empezar. Calculan que han pasado unos 50 delante nuestro, todos de la primera parilla, de la segunda con otros diez más somos los primeros. Aquí no hay que sellar el carné de ruta, no me entretengo mucho y con el sabio consejo de mi padre de que hay que dosificar, me vuelvo a adentrar en la carretera oscura. Empieza a hacer mucho frío y el cielo está cubierto de nubes, mal presagio.
Frío y lluvia
Voy en un pequeño pelotón de seis, comandado por un ruso en culote y maillot cortos y sin guantes, se nota que está curtido y es del norte. Rodamos y rodamos y de repente empezó a llover muy fuerte y fino, las gotas parecían agujas clavándose en la piel. Y aún más frío, eso era un pequeño infierno, pero siempre adelante. El kilómetro 225, punto del segundo avituallamiento y dónde había que marcar el carné de ruta no llegaba nunca, era interminable. Las ondulaciones de la carretera eran cada vez más pronunciadas, pero el ritmo no bajaba. Llevaba una hora de adelanto al mejor tiempo calculado para hacerlo en menos de 50 horas. Ahora llovía menos y llegar al avituallamiento fue un descanso para las piernas y para la cabeza. Sellar el carné, más Coca Cola, unas barritas y a continuar, la grupeta ya salía.
Hasta el siguiente control, en el kilómetro 316, fue especialmente duro, no paró de llover en ningún momento y todavía hacía más frío, por suerte al final empezó a amanecer y pude ver el paisaje por dónde hacía horas que rodaba. No había mucho que ver, todo ondulado y gris. Rodar y rodar, deseaba llegar al control para cambiarme de ropa, excepto debajo del chubasquero, el resto mojado. Al llegar al control la rutina de siempre y pude cambiarme de ropa.
Al salir, noté que la rodilla derecha me dolía, cosa rara en mí, nunca me duelen las rodillas, pero al cabo de unos kilómetros se medio pasó. Hice unos cuantos kilómetros en solitario hasta que pude alcanzar un pequeño grupo de cuatro con el que rodé hasta el siguiente control, en el kilómetro 370. Menos lluvia e igual de frío, nada a destacar excepto que unos 10 kilómetros antes de llegar al control nos alcanzó un abuelete con su bicicleta clásica, su gorra de la “Boulangerie” del revés, era de los más entrañable. Entendí que había participado dos veces a la PBP y luego se empeñó en ponerse tirar para llevarnos a rueda. Ese hombre parecía poseído por el mismísimo diablo, con una cadencia espectacular que parecía que en algún momento u otro se le fueran a salir disparadas las piernas, nos pusimos a rodar a 45 kilómetros por hora. Más de uno y de dos ese día rezó para que le pillara un infarto y parase, era espectacular. A ese ritmo de seguida llegamos al control, con una hora y tres cuarto de adelanto sobre el mejor horario. Todo perfecto, exceptp que ese dolor en la rodilla derecha era un poco más intenso.
¡Avería! Los mismos que llegamos salimos juntos hacia el siguiente control, en el kilómetro 459. Lloviendo otra vez intensamente fueron pasando los kilómetros, hasta que en el kilómetro 439 de repente un ruido seco en la rueda delantera, ¡se había roto un radio, que mala suerte!.
Me quedé descolgado del grupo, todavía podía rodar lentamente, el siguiente control no estaba muy lejos, hasta que la rueda se fue descentrando y tocaba con la horquilla, imposible continuar. Así que en medio de la nada, con lluvia y un frío que me hacía tiritar sin parar y la gente pasando sin cesar, esperé unos 20 minutos a mis padres con la rueda de recambio. La rodilla hacía rato que me dolía fuerte, no me podía poner de pie en la bicicleta hacía rato.
Finalmente pude cambiar la rueda, pero al montarme encima de la bici me fue imposible dar ni una sola pedaleada, estaba clavado, un dolor muy intenso. Entre medio pedaleando con una pierna y al final ya andando.Llegué al control desesperado, ¡no podía ni andar! Fui primero a sellar el carné de ruta y luego al ambulatorio de campaña a ver si me podían poner alguna cosa. El medico descubrió que era un punto en concreto dónde me dolía y al apretar se extendía el dolor por toda la rodilla. Dijo que era un problema óseo y que me aconsejaba que no continuase para evitar mayores daños. Pero claro, eso era la PBP, llevaba 460 kilómetros y esta idea no me hacía mucha gracia, supongo que me lo vio en la cara, así que para salir del paso me puso una pomada y me dijo que esperase una hora para que hiciera efecto y después evaluara si podía o no continuar. Fuimos a comer y pasada una hora todavía me dolía más, era imposible andar y menos pedalear. Así que empapado, muerto de frío, cansado, sin haber llegado a la distancia máxima que tenia de 622 kilómetros, frustrado y derrotado tuve que acabar mi participación a la PBP cuándo todo iba perfecto. ¡Qué injustas son a veces las cosas!
Volveré No acabé, pero ha valido la pena ir y participar, ha sido una experiencia inolvidable. Los ciclistas más auténticos y duros estaban allí y tuve la suerte de poder compartir unos “pocos” kilómetros con todos ellos, así que sin duda dentro de cuatro años volveré a estar a la parrilla de salida con ganas de acabar lo que he empezado, seguro.