| Una Quebrantahuesos muy especial (2/2) |
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| Texto y fotos: Javier Sánchez-Beaskoetxea | |
| viernes, 27 de junio de 2008 | |
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En ese instante, justo a la medianoche, sale la luna tras las montañas. Mis cálculos eran buenos, pero estaban hechos para un horizonte horizontal, y aquí, en medio de los Pirineos, lo del horizonte tira más a vertical y a la luna le cuesta alzar el vuelo. Ruedo ahora tranquilamente por lo que dentro de unas horas será un bullicio de bicicletas y de ciclistas pidiendo agua y comida. Cómo cambia el paisaje. Sólo oigo algún cencerro de unas vacas fantasmas, y la neblina se levanta de entre los prados llenando de un aura mágica el entorno que me envuelve. Me da pena que se termine. Tras un par de kilómetros más subiendo, corono el Marie Blanque. Me abrigo un poco, pongo la luz potente y desciendo con seguridad siguiendo la línea de vida en la que se convierte la señalización horizontal del puerto que me indica el centro de la carretera. Bajo sin problemas, mucho mejor de lo que esperaba y en un abrir y cerrar de ojos (aunque no los cierro mucho para no quedarme dormido) estoy en Escot. Me paro a coger agua y comienzo lo más duro de la noche, que será la subida al Somport, larguísima por esta vertiente. El Somport francés Al principio la carretera es cómoda, se sube poco a poco y hay muchos tramos casi llanos. Pero no tarda en aparecer el verdadero Somport, y llega un punto en el que ya dejo de usar el plato grande, signo inequívoco de que la pendiente va aumentando. Ahora comienzo a pensar en la expedición madrileña, pues si han cumplido el horario de salida no tardaremos en cruzarnos. Me paro en un pueblo a quitarme algo de ropa, y sigo tranquilamente hacia arriba. He sido generoso con los cálculos sobre lo que puedo tardar en completar el recorrido y no tengo prisa. Luego, en una zona oscura aparecen unas luces extrañas que se paran al ver las mías. Son las dos y media de la madrugada y los tres expedicionarios paramos un poco a darnos ánimos mutuos. Ellos bajan con frío mientras yo estoy algo acalorado, pero parece que los tres vamos con la moral bien alta. Enseguida seguimos cada uno por su camino, y de nuevo voy solo. ¡Maldita rodilla! Sigo subiendo, siempre subiendo. A ratos la luna me ilumina tanto la carretera que casi sobran las luces, pero en otras ocasiones las montañas me hacen sombra y apenas se ve nada. Y cuando me quedan unos diez kilómetros para alcanzar la frontera del Somport, se produce un hecho que marcara mi expedición: me empieza a doler terriblemente la rodilla, pero la rodilla buena, no la izquierda que la tengo lesionada crónicamente desde hace años y a la que ya conozco cuando se queja. Me detengo, estiro un poco y vuelvo a montar. Pero vuelven los dolores, intensos y agudos y que además no provienen de un punto concreto. Debo pararme de nuevo y me subo las perneras, no vaya a ser que se me hayan quedado las rodillas frías y sea eso lo que me esté dañando. Pero tras montar otra vez, sólo soy capaz de avanzar una centena de metros sin tener que bajarme una vez más. Decido seguir un rato caminando bajo la Luna. Tras unos 500 metros estiro un poco más la rodilla y me subo de nuevo a la bicicleta. Ahora parece que me aguanta sin dolor y puedo seguir ruta, aunque ya casi estoy decidido a retirarme nada más llegar al Hotel, pues no quiero lesionarme. Se me hace largo lo que queda hasta el Somport porque con cada pedalada que doy tengo miedo de que se me reproduzca el dolor. Por suerte corono el puerto sin más contratiempos. Son las cuatro y veinte de la mañana cuando entro en España. Me paro un momento a abrigarme y bajo con cuidado pero bastante rápido. En Canfranc aprovecho una parada para estirar un poco y coger agua, y luego sigo hacia Jaca a buen ritmo. ¡Qué susto! Mientras pienso que la cosa va a mejor y que tal vez pueda intentar aunque sea hacer la Treparriscos, la luz de la luna y las rectas de la carretera me animan a ir a una velocidad casi como si fuera de día, pero en medio de una recta, y cuando circulaba a unos 40 km/h oigo unas pezuñas resbalando en medio de la carretera mientras una sombra negra pasa junto a mí dándome un susto de muerte. No sé si era una cabra o un jabalí. Sólo sé que estaba en mitad de la carretera, que no lo había visto, y que si se llega a mover hacia mi trayectoria ahora estaría en el suelo. Me quedo con el susto en el cuerpo y ahora ruedo con más atención. Por suerte enseguida empezará a clarear. Tras pasar Jaca la rodilla me da un último aviso de que no debo seguir, ni siquiera en la Treparriscos. Así que ruedo ya tranquilo hacia Sabiñánigo, aunque ahora me pasan continuamente coches de gente que ya va hacia la QH. Llego a las 6h al hotel. Voy directo a desayunar y luego me ducho y me acerco a ver la salida de la marcha. Es cierto que no he hecho la doble QH, pero sí creo que he cumplido el reto, pues en este tipo de aventuras es más difícil dar el primer paso que después cumplir los planes, y creo que el hecho de salir sólo, de noche y con la clara intención de intentarlo ya es un éxito, ya has afrontado el reto de intentar hacerlo. Y además, con la experiencia de este año, quién sabe, quizás el año que viene... En fin. Hoy va a hacer mucho calor. De buena me he librado. (PD.: La expedición madrileña llegó a Sabiñánigo después de que ya había salido todo el mundo, y tras hacer a su aire la segunda vuelta, terminaron casi a las 9 de la noche. ¡Enhorabuena campeones!). Artículo relacionado: Una Quebrantahuesos muy especial (1/2) |










