Érase un canutazo en lo alto de Sierra Nevada. Como inicio del Media Day inserto en la concentración de Giant-Alpecin en el Centro de Alto Rendimiento de la montaña granadina, un gigante se sienta frente a varios periodistas que colocan sus teléfonos sobre la mesa, modo avión para evitar llamadas impertinentes, aplicación de grabación de audio encendida. Alto, con su cabello rubio cubierto por una gorra del equipo coquetamente calada y dos piezas de fruta en la mano. Una de ellas la ataca y liquida en las primeras preguntas. La otra queda ahí.

Marcel Kittel (1988, Erfurt) es el gran desaparecido de la presente temporada ciclista. Bueno, en realidad apareció una vez: a mediados de enero ganó el prólogo oficioso del World Tour, la People’s Choice Classic, critérium previo al Tour Down Under. El resto de la semana pasó desapercibido. Su siguiente cita, el Tour de Qatar de principios de febrero, la acabó con más pena que gloria. A raíz de su pobre prestación descubrieron en su cuerpo un virus que le precipitó a varias semanas de inactividad y boquete. Una tristeza que aún transmite su mirada, apagada en contraste con la sonrisa que se esfuerza en dibujar en el resto de su rostro.

En los mentideros se hablaba de depresión. Kittel niega la mayor. “Comprendo que haya habido rumores sobre mi estado de ánimo. Ha sido una época de decepciones y de frustración. Cuando no puedes montar en bicicleta, tienes mucho tiempo para pensar en cosas, relacionadas o no con la bicicleta. Y eso está bien, pero es necesario un tiempo para asimilarlo. No es que estuviera hundido, pero he tenido ocasión de mirar atrás, mirar hacia delante, sacar conclusiones en torno a cómo es mi vida y tomar decisiones en torno a cómo quiero que sea”.

Y sin embargo, “no ha sido un mal año. He aprendido sobre mí mismo, cómo mantenerme tranquilo y concentrado. He conseguido una victoria que quizá no sea deportiva, pero sí personal”. Su receta para evadirse de la zozobra: “Pasar mucho tiempo con mi novia, con mis amigos, con allegados que creía podían ayudarme a lidiar con la situación. Porque en ocasiones la gente que conoces un poco menos te dice que te tomes tu tiempo y tú solo puedes responder…” Y saca el dedo, en un gesto de peineta, y sonríe cómplice a los periodistas espoleando la carcajada general.

El velocista alemán retomó la competición en el Tour de Yorkshire. Ni siquiera terminó la primera etapa, pero no le preocupó, “era una carrera muy dura y había pasado la semana anterior enfermo”. Pasó de la Vuelta a California y tomó parte en la llanísima World Ports Classic, que completó de forma anónima. “Me di cuenta de que necesito más entrenamientos de intensidad para disputar”. Por eso vino a Sierra Nevada con sus sempiternos compañeros de aventuras: Degenkolb, De Kort, Veelers, Dumoulin… En definitiva: el bloque que le ha acompañado en estos tres años que lleva dominando los esprints, el mismo que le escoltaría si acudiera el Tour de Francia.

Días felices: victoria nocturna en los Campos Elíseos

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Pero… ¿acudirá al Tour? “No lo sé”. ¿Cuándo lo sabrás? “Tras el ZLM Tour”. En esta ronda por etapas por la planicie de la región neerlandesa de Zelanda probará Apolo su estado de forma y tomará una decisión sobre su presencia en la gran ronda francesa. “Llevo toda la temporada cambiando de planes por motivos de salud. Es una situación que no va a cambiar; sólo puedo adaptarme y sacar lo mejor de ella”. Suspira.

Kittel, los móviles y las níspolas

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“Por lo pronto, ya es importante para mí volver a sentirme normal, concentrado, entrenando y mejorando en cada sesión”. En Sierra Nevada ha estado diez días realizando sesiones de base, destinadas a generar resistencia para llegar entero a la parte final de las carreras. Hoy entrenó por primera vez los intervalos de potencia en la zona llana alrededor del pueblo granadino de La Peza. “Íbamos por equipos”, nos cuenta Koen de Kort; “John [Degenkolb] y yo estábamos contra él. Tratamos de batirle de todas las formas: cuerpo a cuerpo, sorprendiéndolo desde lejos… De 10 veces, sólo le hemos ganado una. Tiene un don natural para esprintar y punto”.

Acabado el melancólico canutazo, Marcel Kittel se levanta de la mesa, sobre la cual reposan un hueso repelado y una pieza intacta. Uno de los periodistas pregunta por el nombre de la fruta y el alemán se encoge de hombros. “Se llaman níspolas”, interviene un caricaturista desde el fondo de la habitación. Apolo hace una mueca de curiosidad, sonríe y se marcha.