Ha sido una Vuelta distinta, difícil de olvidar. Y eso que el pelotón llegó reventado tras una temporada particularmente intensa en la que Giro y Tour se disputaron a cara de perro. Eso favoreció la emergencia de protagonistas inesperados y sumó inanidad a un recorrido lineal. El modelo Unipublic, cuestas de cabras y finales en alto, está cerca de llegar a su perfección para desesperación de sus críticos. Las audiencias lo respaldan: parece que condensar la general y la emoción llama la atención de público y patrocinadores. Después vino la última semana para cambiar el panorama, con una contrarreloj pura (¡por fin!) y una ración de media montaña en que eran necesarias tácticas alternativas que llevaran el espectáculo más allá de los cinco minutos de duración.

La Vuelta funcionó. Lo hizo pese a dislates como la contrarreloj por equipos de Marbella, controversia provocada por intereses cruzados y pisotones discretos (tuits, mensajes de Whatsapp) que generan gritos telúricos (competición nula, grandes titulares). Pese a la trampa alevosa de Vincenzo Nibali. Pese al atropello a Peter Sagan. Pese a pequeñas tragedias miguelinas como el helicóptero que ayer no pudo volar ni retransmitir gran parte de la etapa. Pese a todo, la Vuelta funcionó. Definitivamente, las carreras las hacen los ciclistas. La organización puede ser perfecta o un desastre, el recorrido puede ser monótono o maravilloso, los medios pueden ser dóciles o críticos. La clave son los corredores. Ellos proveen las historias y generan el espectáculo.

Aunque ganara, Fabio Aru no fue el protagonista de esta Vuelta a España. El sardo realizó una carrera seria. Fiel a sus señas de identidad, atacó de forma desaforada cuando se vio con fuerzas y en alguna ocasión tuvo éxito. Su día clave fue la crono de Burgos, aquel en que estaba destinado a perder y logró una derrota con paliativos para salir reforzado del ejercicio. Después, especialmente bien apoyado por un equipo que apenas le falló durante las 21 etapas, dio la vuelta a la carrera en la sierra madrileña para anotar su primer triunfo absoluto en una ronda de tres semanas. No será la última.

Más impacto que Aru tuvo su gran rival, Tom Dumoulin. El neerlandés fue la salsa de la Vuelta a España. Su emergencia en las cuestas delataron que estaba en la mejor forma física de su vida y su estilo agonístico en la alta montaña le granjearon una posición de privilegio en la general y en la psique de los espectadores. Se presagiaba que aplastaría en la crono de Burgos y cumplió los pronósticos. No obstante, Aru escapó vivo y obstinado. La suficiencia con que se defendió se acabó el penúltimo día. Su triste silencio en Cercedilla fue el mejor testimonio de lo sufrido. Es duro quedarse a 50 kilómetros de la gloria tras haber recorrido 3500 en su busca. Sin embargo, con el tiempo quedará un poso optimista. Con su estilo de otra época, ése que según Unzué recuerda a Indurain, Dumoulin puede aspirar a ganar grandes vueltas en el futuro. Quizá esta Vuelta pase a la historia como la carrera de su revelación.

El otro gran protagonista fue Mikel Landa. El vasco es un ciclista fascinante, un dechado de virtudes en el plano deportivo con una personalidad rompedora, fuerte, rayana con lo excéntrico. En esta Vuelta se borró de la general en la Cumbre del Sol y, a partir de entonces, se convirtió en un factor de distorsión que, sin estar implicado en la pelea por la general, la condicionaba. Su rebeldía mitificó la etapa de Andorra; su trabajo en Sotres generó comentarios encontrados aunque fue respaldado por su equipo; y su actuación en la sierra madrileña fue, sencillamente, apoteósica. Tenemos ciclista para rato y, lo que es más importante, tenemos un personaje atractivo, interesante, proclive a la controversia, sin miedo de guiarse por su instinto o sus impulsos en un entorno mecanizado. Mikel Landa tiene potencial para ser el ansiado relevo de Contador, Purito, Valverde y compañía. No ser su émulo deportivo, porque pedirle que gane diez grandes vueltas o tres Liejas es demasiado para cualquiera, sino devenir la nueva estrella del ciclismo español.

En el podio de Cibeles flanquearon a Aru el polaco Rafal Majka, cuyo tercer puesto es un hito en su progresión lineal hasta la primera línea del ciclismo mundial, y Purito Rodríguez, que tirando de madurez logró sacar el máximo partido de sus cualidades para extraer un resultado fantástico, casi superior a sus prestaciones. Alejandro Valverde también tuvo un papel notable, pese al obvio cansancio físico después de una campaña excesiva. Mucho más brilló Esteban Chaves, que ganó dos etapas y realizó su primera gran vuelta completa a gran nivel, hito importante para alguien llamado a ganar el Tour de Francia.

Es de justicia nombrar esprínters como Ewan, Sbaragli, Van Poppel o Stuyven, que rubricaron su primer fulgor en la élite; a ciclistas de culto como De Marchi, Plaza, Oliveira o Jose Gonçalves; a talentos nacionales emergentes como Omar Fraile o Carlos Verona. Incluso merece ser destacado John Degenkolb, que el último día se resarció de tres semanas negadas y endulzó el final de Vuelta para un Giant fantástico…

Pero los epílogos, como las historias, no pueden ser eternos. Tienen que terminar.

Aquí concluye la tercera edición de Rock n’Vuelta.