Si en los últimos dos años Peter Sagan se ha ganado una fama de segundón –curioso ‘segundón’ aquel que tiene 75 victorias-, lo cierto es que el principio de temporada que lleva tampoco ayuda a disiparla. El campeón del mundo eslovaco ha estado ya cuatro veces rozando el triunfo sin conseguirlo. La última, ayer mismo cuando en un sprint de los que pica hacia arriba arrancó a casi 300 metros de meta. La llegada se le hizo bola y Greg Van Avermaet, que le tiene cogida la medida, lo terminó pasando en los últimos 50 metros.

No han sido pocas las voces que han sacado a relucir ya la llamada ‘maldición del arcoíris’. Según esta supersticiosa teoría, el ciclista que se proclama campeón del mundo un año tiene  problemas para ganar al siguiente. La maldición dura tanto como el maillot sobre los hombros del corredor afectado, pues la temporada después de soltarlo suele volver a pelear por todo.

La maldición del arcoíris se da por cierta y es recurrente, pero la pregunta que hay que hacerse es si realmente está confirmada. Para responderla el único camino es tirar de archivos y resultados, y eso es lo que vamos a hacer. Echar la vista atrás para saber si el pobre Sagan corre peligro de no estrenarse este año o sólo estamos ante un ejemplo más de superstición aplicada a este deporte.

Existe, pero no es infalible

Para ello hemos hecho mirado hacia el pasado y buscado en una de las páginas más gloriosas de la historia ciclista: el palmarés del Campeonato del Mundo. Aunque la carrera se acerca ya a los 90 años de historia, nos hemos quedado en los últimos 30. Y para conocer si la maldición arcoíris se cumple, se han comparado las victorias que lograron esos campeones del mundo el año que se hicieron con el triunfo con las que lograron al año siguiente, cuando ya portaban el preciado y a la vez maldito maillot.

Los datos no engañan: la maldición del arcoíris existe, pero no es infalible. Desde 1985 hasta hoy hubo 18 ocasiones –sin contar a Sagan, pues todavía estamos en marzo- en las que los campeones lograron menos victorias con el maillot sobre los hombros que el año en que se proclamaron. Es decir, un 60%. Se dieron otros cuatro casos de empate y, en cambio, ocho de los que ganaron el Mundial no sólo mantuvieron sus números sino que los mejoraron al año siguiente. Al tratarse de corredores del máximo nivel,  el simple factor numérico resulta orientativo de su rendimiento durante la temporada, ya que sus victorias suelen darse en las mejores carreras. Y, para los más recientes, en pruebas dentro del World Tour.

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Boonen y Argentin la cara, Roche y Bugno la cruz

En algunos casos la maldición del arcoíris se cebó a base de bien con sus protagonistas, que vivieron años verdaderamente negros. Hasta cinco de ellos se quedaron en blanco al año siguiente: Zoetemelk, Stephen Roche, un jovencísimo Lance Armstrong, Rudy Dhaenens y Luc Leblanc, que fue el último. Desde entonces (1994), todos los campeones del mundo han logrado alzar los brazos al menos una vez al año siguiente, honrando así la prenda que portaban.

Pero el caso más llamativo fue el de Roche (1987). El irlandés no sólo ganó el Mundial de ruta, sino que además hizo el doblete Giro-Tour en un año mágico. Hasta 13 victorias, contando las dos ‘Grandes’, Romandía, etapa en París-Niza… una barbaridad. Pues bien, fue proclamarse campeón del mundo y empezar a tener problemas. La temporada siguiente, de 1988, fue un calvario de problemas en la rodilla. No participó en ninguna gran vuelta ni sumó triunfo alguno al palmarés. No fue hasta bien entrado 1989 cuando alzó de nuevo los brazos.

 

Lo de Bugno (1991) no fue tan fatal, pero también supuso un cambio importante. El italiano venía de ser segundo del Tour, con una etapa en la ronda gala y tres en el Giro más la Clásica de San Sebastián. Un total de 12 triunfos, Mundial incluido. Al año siguiente, 1992, ganó menos de la mitad y con mucha menos calidad. Un nuevo podio del Tour, una etapa de la Vuelta a Suiza, la Milán-Turín y un par de carreras de un día. Pero cuando llegó la hora, revalidó su arcoiris. Y aquello lo terminó de rematar. Ya no volvió a entrar en la pelea por ninguna gran vuelta aunque más adelante volvió a ganar alguna etapa. En 1993 logró cuatro victorias.

Cipollini estaba en 2002 ante su última temporada en la elite. Se alzó con 14 triunfos incluidas seis etapas en el Giro. Al año siguiente logró sólo cuatro. Más recientemente, Rui Costa pasó de nueve victorias a sólo dos, igual que Michal Kwiatkowski. Los casos contrarios fueron Boonen, que pasó de 16 a 21 victorias, o Moreno Argentin, que de dos subió a ocho. También Cavendish logró crecer de 13 a 15.

Freire, inmune

Curiosamente, los ciclistas españoles suelen ser resistentes a este mal fario. España suma cinco títulos, tres de ellos de Óscar Freire, uno de Abraham Olano y el último, de Igor Astarloa. Precisamente el atípico sprinter de Torrelavega es uno de esos corredores que se ha demostrado inmune a las malas artes del maillot arcoíris. De las tres ocasiones, en todas ha conseguido como mínimo igualar el número de triunfos al año siguiente.

Sobre todo la primera fue la más impactante. Quizás por inesperada. Y es que en 1999, Freire era un perfecto desconocido para el gran público aunque sí venía apuntando maneras desde amateurs. Aquel año, el Mundial fue su única victoria. En el 2000, el cántabro hizo 10 dianas, incluidas dos etapas de la Vuelta a España y otras tantas en Tirreno-Adriatico. Su segundo año de arcoíris fue más discreto y consiguió igualar en 2002 las tres victorias de 2001, pero con el plus de estrenarse en el Tour. Y en 2004, año de su primera San Remo, el Mundial fue su sexta victoria del año. Para la temporada siguiente sumó siete, arrasando en Tirreno –general y tres etapas- y ganando la Flecha Brabançona.

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Antes, Abraham Olano ganó aquel histórico Mundial de Colombia que lo convirtió en el primer español en vestir el arcoíris. Fueron cinco victorias, con etapas en la Vuelta y un segundo puesto general. En 1996 sumó seis pese a que una caída le hizo perderse la parte final de la temporada. Fue tercero en el Giro –donde vistió la Maglia Rosa- y llegó a ir tercero en el Tour hasta que una estrategia suicida de Mapei acabó con sus opciones en la última etapa de montaña. Peor le fue a Astarloa, que no levantó cabeza después de ganar en 2003.

En definitiva, la maldición del arcoíris está ahí, existe, pero no es ni mucho menos infalible. De momento, Sagan no tiene motivos para alarmarse demasiado, pues estamos en marzo y hay mucho año por delante. Su acumulación de segundos puestos no deja de ser una continuación de lo visto en años anteriores. Veremos cuánto tarda en alzar los brazos y sacudirse esa fama de segundón tan injusta para alguien que suma 75 victorias.