Recientemente, el ciclismo ha vivido un fenómeno interesantísimo a nivel comunicativo: su lingua franca ya no es el francés, sino el inglés. Influyen varios factores. Primero, la cuestión meramente deportiva: los corredores estadounidenses, australianos y británicos han tomado una gran importancia en el deporte. Segundo, la económica: la industria de la bicicleta se ha globalizado y ha crecido significativamente en el ámbito anglosajón. Tercero, la mediática: el interés del público y la inversión publicitaria han continuado rampantes en ese entorno y por tanto los medios angloparlantes han tomado fuerza mientras los producidos en otras lenguas languidecían. Todo esto tiene muchas consecuencias; por ejemplo, que cualquier ciclista ‘british’ o ‘aussie’ suscite más comentarios y despierte más expectación (ó ‘hype’) que un belga o un español.

El caso paradigmático de esta tendencia es Bradley Wiggins, cuyos pasos se documentan exhaustivamente desde su eclosión. Con aquel 2012 atómico, presentación en sociedad del Sky aplastante, la cantidad de declaraciones de Wiggins, comentarios sobre Wiggins, especulaciones sobre Wiggins y polémicas sobre Wiggins se multiplicó hasta ser inabarcable. Él lo sabe y se deja querer: es una estrella de rock, fuera de serie en físico y carácter. Tiene el punto de ‘crack’ atormentado, genial y dipsómano, que adora el gran público. Y también la capacidad de sufrimiento, la clase y el romanticismo que cautiva a los aficionados a la bicicleta y vende camisetas.

Este invierno, Bradley Wiggins ha revisado intensamente las veinte últimas ediciones de París-Roubaix. “Cuando era pequeño, tenía la costumbre de grabar todas las Roubaix en VHS, etiquetarlas y guardarlas. Siempre las tengo en casa y gracias a eso las he visto una y otra vez”, contó en una rueda de prensa recogida por L’Équipe. “Me sorprendió que supiera hasta el color de las zapatillas llevaba en aquellas carreras”, apuntó en Cyclingnews Jacky Durand, veterano del Infierno del Norte que compartió equipo con el ‘mod’ cuando éste cambió la pista por la carretera en 2002.

La motivación: el amor al ciclismo, el “vínculo emocional” con los 90, “cuando soñaba con ser ciclista profesional”. Es por esto que Wiggins ha decidido retirarse hoy de la élite a la conclusión de París-Roubaix. Va a equipararse con leyendas de época como Peter Van Petegem, Franco Ballerini o Johan Museeuw (a quien fue a visitar esta semana para pedir consejo) dando sus últimas pedaladas de primera división en el mítico velódromo de Roubaix. Después retornará a los velódromos olímpicos con la vista puesta en Rio 2016, para lo cual se integrará en el Team Wiggins, un Continental creado en torno a su figura con una plantilla de pistards.

No obstante, había una segunda intención para esas sesiones de nostalgia y cintas magnéticas. El vigente campeón del mundo contrarreloj se ha aprendido cada sector de pavé y cronometrado su duración con objeto de milimetrar su preparación, de adaptarla a los esfuerzos precisos que exige el Infierno del Norte. “Es fácil”, aseguró su entrenador Ron Ellingworth en VeloNews. “Saber la cantidad de tiempo que inviertes y a qué intensidad, cuántos vatios desarrollas en el pavé y cuántos el resto de la carrera”. Y así ha pasado los últimos meses, de entrenamientos específicos y viajes al escenario de la prueba para revisar cada palmo de adoquín. Aseveró el otro día en un arrebato de pasión que cambiaría la victoria en el Tour de Francia 2012 por un triunfo hoy domingo. También que, aunque cayera y se partiera la clavícula, terminará. “Porque es la última”.

París – Roubaix será retransmitida por Eurosport (desde las 12:45) y Teledeporte (desde las 14:00). Terminará en torno a las 17:00. Puede ser seguida en Twitter a través del hashtag #ParisRoubaix.