El ciclismo en España ha pasado recientemente por los años más duros que se le recuerdan. Y aunque algunas estructuras y organizadores han podido capear el temporal de una forma más o menos solvente, lo cierto es que esa mala época está presente en todos los ámbitos de este deporte. La Volta a Catalunya no es una excepción, también tuvo una racha complicada. Pero salió de ella, y tras varios años con una participación de primerísimo nivel, en este 2017 la organización ha dado un paso más cambiando la estructura de la carrera.

Porque la nómina de inscritos se mantiene con el mismo nivel de todos los años. Froome a los mandos de un equipo Sky que mete miedo –con Rosa, Thomas, Landa, Kennaugh y Nieve entre otros-, Contador y Mollema en un Trek-Segafredo que lleva a sus hombres-Tour; Valverde al frente de Movistar, Bardet y Latour en AG2R, Van Garderen, Fuglsang; Alaphilippe y Dan Martin en Quick Step… en definitiva, un gran cartel. Incluso sprinters de nivel como Greipel o Bouhanni y el interesante Molano (Manzana Postobon) para los días llanos.

Una CRE decisiva

De la estructura de la carrera, en el sentido del recorrido, se mantienen algunas cosas pero hay cambios significativos. El más importante, al menos sobre el papel, esa contrarreloj por equipos de Banyoles que se celebrará pasado mañana y que con 41 kilómetros augura grandes diferencias entre los hombres importantes de la general. Equipos como BMC, Movistar o el propio Sky estarán a buen seguro delante. Veremos qué es capaz de lograr el Trek de Contador, que precisamente en la pasada Vuelta a España se dejó un minuto en 26 kilómetros. Era otro equipo, por supuesto.

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El caso es que la CRE supone un verdadero cambio en una Volta que llevaba casi una década –desde 2010- sin meter ninguna lucha contra el reloj. Y entonces era un prólogo de apenas tres o cuatro kilómetros. Será interesante, pero queda por ver si la general termina ya decidida del todo. La ‘limpieza’ va a ser importante, de eso a priori no parece que haya duda.

La Molina y Lo Port

Otro de los signos característicos de la Volta eran las dos llegadas en alto en los puertos pirenaicos, sí o sí. Eso también cambia ahora, pero sólo a medias. Se mantiene el final en estación de esquí de La Molina, que también lleva varios años ya siendo casi un fijo. Sin embargo, la otra opción hasta ahora habían sido Vallter 2000 o Port Ainé. En este caso se cambia por Lo Port, una subida dura de 8,5 kilómetros al 9% de media y con picos del 20%.

Una etapa que, por cierto, recuerda mucho a los finales en alto de la Vuelta a España, aunque en este caso la subida final sea más larga que las que suelen caer en la ronda española. De todos modos es una novedad bienvenida, pues los escenarios anteriores –siendo puertos de mucha entidad y belleza- habían generado cierto hartazgo entre los aficionados y dado una imagen de inmovilismo en la organización.

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Principio y final

Lo que sí se mantiene en esta Volta son el principio y el final. Repite Calella con esa etapa inaugural en la que acoge tanto salida como llegada, aunque esta vez con un perfil algo más duro y cinco puertos puntuables. También lo hace Montjuic como fin de fiesta en la capital barcelonesa. El circuito ha dado juego en ediciones anteriores, amén de ser atractivo para los aficionados que se pueden acercar y ver pasar la carrera en varias ocasiones.

Estamos, en definitiva, ante el resurgimiento definitivo de la Volta. Después de varios años complicados y tras reunir, desde hace varias ediciones, una participación al alcance de las mejores pruebas del mundo, ahora toca dar una vuelta de tuerca al recorrido. Contrarreloj por equipos, dos llegadas en alto, dos días nerviosos y otros dos más o menos claros para el sprint. Un recorrido equilibrado, en el que habrá que ver cómo sale la carrera de Banyoles. Porque de eso dependerá quién corre al ataque y quién trata de defender las rentas. Todo esto como banco de pruebas del Tour para los grandes equipos.