Hay veces que el ciclismo deja de ser ciclismo. Por la circunstancia que sea, bien meteorológica o bien del propio trazado. Está claro que este es un debate complejo y que no puede resolverse a la ligera porque cada uno tendrá su opinión. Pero hay muchas ocasiones en que se tira del tópico del ciclismo épico, la heroicidad y demás cuando, realmente, no procede. No es ciclismo ver a un corredor vomitar tras ascender una pared del 24% al límite absoluto de sus funciones vitales. Puede ser espectáculo, pero no deporte. Y esto, ante todo, es un deporte.

Como tampoco lo es ver a ciento setenta personas congeladas de frío encima de una bicicleta. Y eso fue lo que sucedió ayer en la París-Niza. Aquí hay que tener la cabeza fría y saber diferenciar entre lo que puede ser una tormenta súbita –caso del Terminillo el año pasado en Tirreno- que te sorprenda con una nevada en un punto determinado, o lo que ocurría ayer: “Las previsiones eran las mismas desde hace tres días. No cambiaron en ningún momento”, comenta un ciclista que tomó la salida. O sea, que se sabía que esto iba a pasar.

Por eso tal vez sea el momento de articular, de una vez por todas, un protocolo eficiente de actuación para casos de condiciones meteorológicas extremas que permita decidir con antelación. La seguridad tiene que ser una prioridad en las carreras ciclistas, principalmente porque encima de la bici van personas. Y apelar al pasado y la épica es muy propio de quienes les gusta verlo por la tele.

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“Era imposible dar pedales”

Hace cosa de tres semanas, la  Clásica de Almería tuvo que ser neutralizada por el viento. En la reunión previa, donde se iba a decidir si habría carrera o no, los ciclistas decidieron tomar la salida aunque se sabía ya que en el kilómetro 30 habría que parar por rachas cercanas a los 100 km/hora. “Lo peor es eso, la racha. Si es un viento constante, agachas la cabeza y tratas de avanzar. Pero una racha de esas te levanta la bici y te manda donde quiera”, argumentaba un corredor justo antes de dar el banderazo de salida en la ciudad almeriense.

En los pocos kilómetros que duró la prueba en carretera abierta se pudo ver casi de todo. Desde bolsas de plástico y hojas volando sobre los corredores, pasando por ramas completas que eran retiradas de la calzada por los vehículos que precedían carrera hasta un momento en que, tras una curva, el viento empezaba a dar de costado con una violencia tal que todo el pelotón buscó cuneta. Un corredor de Katusha que no se esperaba el golpe se vio en un instante solo en el centro de la carretera y, tras hacer malabares para mantener el equilibrio, pasó directamente al último puesto del paquete.

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Sprint de la Clásica de Almería, el efecto del viento se nota en los árboles

Y ayer tampoco era posible continuar, pero no por el viento sino por el frío y la nieve. La etapa fue detenida en el kilómetro 93 por la decisión de los jueces ante la imposibilidad de seguir adelante: Había varios centímetros de nieve sobre la carretera y bajo ella se había fraguado ya una placa de hielo. “Era literalmente imposible mantenerse dando pedales”, relata un ciclista. La primera decisión fue trasladar la carrera en coche hasta el kilómetro 125 y allí decidir si se seguía o no. Finalmente, ni eso. Etapa anulada. Tras la jornada, muchos corredores comentaron la situación y la decisión.

Un infierno

Por ejemplo, con las escenas dantescas que se vivieron durante la etapa: “No sentía mi cuerpo. Así es imposible”, cuenta otro ciclista. Hasta el punto de que muchos corredores no tuvieron otra que orinarse encima para entrar en calor, aunque fuera durante unos segundos. Varios ciclistas lo hicieron público en su perfil de twitter. Entre ellos Marcel Kittel, que ahondaba en la línea de distinguir entre épica e inseguridad innecesaria: “¡Vaya día épico, épico, épico en París-Niza! O tal vez sólo un día ridículo con frío, lluvia, nieve y coulottes lleno de orina caliente”.

En la misma línea se expresaron Luis Ángel Maté y Simon Geschke en sus perfiles de redes sociales. La sensación térmica, a tres grados bajo cero y con una intensa nevada, hizo que muchos corredores tuvieran problemas de hipotermina que por suerte no llegaron a revestir gravedad. Vicente Reynés aludía a ella: “En la cima de los puertos estábamos todos los corredores congelados”. Sylvain Chavanel tuvo que refugiarse en la casa de un particular que vivía justo en el lugar donde pararon la carrera junto con algunos compañeros.

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