El puesto fronterizo de Storskog, entre Rusia y Noruega, está siendo cruzado por miles de ciclistas que huyen de la guerra de Siria buscando asilo en Europa.

Desde el inicio de la guerra civil siria, un enorme flujo de refugiados que huyen de la destrucción de su país está llegando a Europa a través de las peligrosas rutas marítimas del Mediterráneo o cruzando los Balcanes. Pero la localidad noruega de Storskog, situada 344 kilómetros al norte del círculo polar ártico, no esperaba convertirse también en una puerta de entrada a Europa para muchos de estos solicitantes de asilo.

Este pueblo fronterizo, a una distancia de 4.000 km de Siria y con unas temperaturas de hasta -30ºC en invierno, está viendo cruzar a miles de refugiados en bicicleta. Es el último tramo de la conocida como ruta del Ártico, después del trayecto en avión a Moscú, en tren a Murmansk y en taxi hasta Níkel, en el lado ruso de la frontera, donde adquieren las bicicletas (creando una importante escasez en la zona). El corto trayecto sobre dos ruedas es solo el final de esta odisea que, por otra parte, ha resultado ser mucho más segura, rápida y barata que las rutas nombradas anteriormente, empleadas por la mayoría de los sirios.

El motivo de entrar a Europa pedaleando se debe a que aquellos que cruzan la frontera en coche o a pie necesitan un visado, lo que convierte la bicicleta en la mejor opción. Hace unos meses, la mayoría de los que llegaban a ese punto cruzaban en los coches de ciudadanos rusos y noruegos que ahora son multados si transportan a personas sin la documentación en regla.

De esta forma, los sirios se montan encima de una bici y las autoridades no pueden hacer más que darles la bienvenida mientras entran paseando a Noruega. Además, las autoridades migratorias noruegas aseguran el alojamiento, alimentación y atención médica de todos los solicitantes de asilo mientras evalúan sus peticiones (más de 6.000 en lo que va de año), de las que 8 de cada 10 han sido aceptadas por el Gobierno de Noruega entre enero y septiembre de 2015.