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La guerra psicológica (2/2) Imprimir E-Mail Compartir
Por Eva Montero (psicóloga del Deporte)   
sábado, 31 de enero de 2009
En el artículo anterior hemos visto como se desarrollan las batallas sobre el asfalto. Pero no son las únicas que se dan en el ciclismo. También se libran sin dar pedales. Hablo del órdago a la grande, cuidadosamente disfrazado con el envite a chica, de Lance Armstrong respecto a Alberto Contador.

La incertidumbre
Vamos a imaginar que Armstrong vuelve a la competición manifestando que su director va a ser Bruyneel y su objetivo ganar su octavo Tour. El belga dice que está encantado con su regreso y que el equipo está totalmente a su disposición para conseguir su objetivo. Bien. Pongámonos ahora en el lugar de Contador, sabiendo todo eso de golpe, así, de sopetón, sin anestesia ni nada. No es para pensárselo ¿verdad?. Ha conseguido un Tour con 24 primaveras y luego el Giro y la Vuelta.

Dada su juventud, le quedan muchos años de bici por delante, teniendo en cuenta, además, que el mejor momento de un ciclista todavía no le ha llegado: dicen que físicamente lo mejor es de los 28 a los 30, y psicológicamente yo añadiría que también. Si Armstrong amenaza con dar al traste toda su proyección de futuro, está claro que lo lógico sería cambiar de equipo y dejar al tejano que libre su guerra por su cuenta. Pero para eso, hay que tener claras cuáles son sus intenciones, porque también es mucho lo que pierde si se va del equipo donde ha conseguido esos grandes triunfos. Pero Armstrong no ha dejado claras las cosas desde el principio, sino que ha ido soltando información "a poquitos" y con mucha ambigüedad.

El primer envite lo lanza el estadounidense en plena Vuelta, a dos días de subirse el Angliru que podría ser decisivo en una Vuelta que no estaba dispuesto a dejar escapar Contador. Anuncia su regreso pero no dice dónde. ¿Y si vuelve al Astana que hago? pensaría el de Pinto. Difícil apartar ese pensamiento teniendo en cuenta que estamos hablando de alguien que superó un cáncer y ganó luego siete Tours, y que decide que va a por el octavo después de tres temporadas sin competir. A partir de aquí, Armstrong sigue sembrando la incertidumbre en Contador escogiendo bien el momento y esperando ver cómo juega sus cartas su contrincante. Espera a que acabe la Vuelta triunfador, no dejándole casi ni celebrarlo anunciando a los tres días que regresa al Astana. Envido.

Contador responde: mi objetivo es el Tour y si no tengo garantías de ser el líder me largo. Armstrong envida a chica: igual no me invitan al Tour y casi que corro el Giro... Su compañero de partida, Bruyneel, respalda la apuesta, declarando: "Armstrong no va a ir al Giro a pasearse". El campeón actual de Vuelta y Giro ve la jugada. Vale. Voy a jugar. Habla con Bruyneel y acepta la partida. Me quedo en el Astana.

Las cartas
La primera carta descubierta es Chechu Rubiera. Iba a retirarse, Armstrong le dijo que continuara un año más y decidió pensárselo mejor. ¿Para quién va a trabajar entonces? Bingo. Otra dosis de incertidumbre para Contador. Uno del equipo se queda no por mí, sino por el que viene (regresa). Bruyneel muestra otra carta, manifestando que "con Armstrong volveré a sentir el fuego de antes". El que no siente con Contador. Vaya.
¿Con qué cuenta Contador? (valga la redundancia). Con un equipo que conoce y que sabe que es muy fuerte y en el que la gente se entrega a tope. Consigo mismo, que físicamente en teoría es más fuerte que su rival y con su propia determinación de luchar por ganar la partida, o sea, el Tour. El tejano es muy ambicioso pero el madrileño no le anda a la zaga. Sabe que es su momento, el de Armstrong ya pasó. Por mucho honor que sea tener a semejante campeón en el equipo, no voy a entregarle las partida y darme por vencido.

Contador tiene otra carta más: la falta de garantías de que a su regreso el heptacampeón del Tour sea el mismo de antes de retirarse, puesto que la lógica aventura que es muy difícil. Claro que con alguien que superó un cáncer para el que sólo tenía un 3% de posibilidades de supervivencia, todo es posible. La suerte está echada.

El enemigo, mejor en casa
Y a todo esto ¿qué interés tendría Armstrong en correr en el mismo equipo que Contador? Si tiene posibilidades de ganar su octavo Tour ¿no será mejor no tener que compartir el liderato?. El estadounidense sabe lo que hace. Bruyneel es algo más que su director, es su amigo. Y muchos de los gregarios que siguen en Astana contribuyeron a que batiera el record de victorias en el Tour. ¿Para qué quiere a Contador enfrente, en otro equipo donde sabe que todos van a trabajar para él y va a ser una lucha de poder a poder? No, es mejor tenerle en casa.

Sabe, además, que el muchacho, como dice él (intentando probablemente imbuirle  que es un pipiolo comparado con su larga experiencia), tiene la sangre caliente. Si se pone a lanzar ataques de los suyos en las etapas de montaña tiene el mejor gregario de todos para desgastar a los otros rivales. Y luego él pegar el golpe de gracia en las cronos, su especialidad. Pero esta táctica no es nueva. Ya la hemos visto en la Vuelta. Donde, de no ser por esa sangre caliente de Alberto en el Angliru podría haberla perdido al final. Según comentó el propio Contador al finalizar la mítica etapa, Bruyneel le había dicho por el pinganillo que no tirara, que se reservara. Si lo hubiera hecho, la Vuelta podría haberla ganado Leipheimer, porque gracias a la diferencia que sacó a su compañero de equipo en el Angliru pudo mantener el liderato en la crono de Navacerrada. ¿Queda alguna duda de con quién está Bruyneel (o con quien no está)? (ojo, esto es sólo mi opinión).
 
Eva Montero es psicóloga del Deporte
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