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Así nació la bicicleta (1/2)
Por José Antonio Díaz   
lunes, 05 de noviembre de 2007
Deseoso de crear una máquina que se moviera por sí sola, el hombre ideó desde antiguo numerosos artilugios autómatas y otros que se desplazaban mediante la fuerza muscular. Fruto de aquellos experimentos nació, en 1817, el germen de lo que luego será nuestra actual bicicleta.

Corría el año de1817 cuando el hijo de un magistrado muy influyente en el gran ducado de Bade, de nombre Carl Friedrich Christian Ludwig Drais von Sauerbrom, se hallaba ocupado en fabricar un artilugio que le quitaba el sueño: se trataba de una máquina que se movía sola, o por mejor decirlo, ayudada por la tracción muscular que ejercía su jinete. Dicha máquina se desplazaba merced a dos pesadas ruedas de hierro, siendo bautizada por su creador como Draisiana, el antecedente de nuestra actual bicicleta.

quel artilugio constaba de dos partes: el cuadro y el tren de dirección. El cuadro estaba realizado en madera a piezas. Llevaba en el centro un corto montante que soportaba una "plancha que servía de balancín”. Otra plancha transversal servía de soporte para colocar un porta-abrigos". Entre estas dos planchas se encontraba el asiento, que era ajustable en altura. La rueda trasera, de 67 cm de diámetro, tenía siete radios y una llanta de acero al igual que la delantera, de 65 cm. de diámetro. La rueda delantera, fijada al cuadro por dos tirantes, estaba provista de un enralloir o freno. La cuerda para accionar este freno, fija sobre la plancha que servía de balancín, podía ser accionada por "gradación de un solo dedo". El peso de estas primitivas bicicletas oscilaba entre los 17 y los 22 kilogramos.

Instrucciones de uso
En 1818 y con cada máquina que vendía, el barón de Drais adjuntaba un prospecto en el que indicaba la forma de "conducir el velocípedo": "Después de colocarse más o menos en la posición que mostramos en la estampa adjunta, los codos abiertos y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, se afirman los brazos sobre el volante y se intenta guardar el equilibrio. El timón conductor, fácil de mover, se sujeta con las dos manos y sirve para dirigir nuestra carrera a voluntad, pero de manera que las ruedas vayan, lo más posiblemente, en línea recta; este procedimiento no se ejecuta sino con la ayuda de las manos, puesto que la parte del antebrazo que esta en contacto con el codo, debe ser el móvil esencial del equilibrio, como las manos deben serlo de la dirección; es preciso pues buscar el acostumbrarse a realizar con tacto este ejercicio, poniendo la mayor de las atenciones".

Luego, y una vez colocado el jinete sobre su velocípedo, llega la hora de ponerlo en movimiento. Para ello, y según las instrucciones del citado prospecto: "Entonces, y posando los pies sobre el terreno, comenzamos a dar zancadas en dirección paralela a las ruedas, lentamente al principio y teniendo cuidado de que nuestros talones no se metan bajo la rueda trasera. Para superar las dificultades que se nos vayan presentando, podemos hacer nuestros primeros ensayos sobre un terreno propicio, tal como carreteras bien arregladas o una plaza de cierta extensión. No será hasta que hallamos logrado toda la destreza deseable en relación al equilibrio y la dirección del velocípedo, cuando podamos intentar agilizar el movimiento de nuestros pies y luego mantenerlos a los dos en el aire, para tomarnos un descanso, mientras que nuestra máquina rueda a gran velocidad".

Un mito llamado celerífero
Pero antes de seguir adelante con la Draisiana, bueno será que nos detengamos para clarificar y desenmascarar un mito: el de conde de Sivrac y su celerífero. Hasta no hace mucho, y quizás también en nuestras días, algunos divulgadores e historiadores del ciclismo concedían crédito a la figura de un supuesto conde de Sivrac, que en junio de 1791 y en los jardines del Palais Royal parisino habría presentado al público un juguete de dos ruedas llamado "célérifère". Éste habría constado de dos ruedas, alineadas una detrás de otra y unidas entre sí por un armazón de madera que a menudo tenía cabeza o forma de animal (un caballo o un león, generalmente). La manera de poner en marcha tamaño artilugio no era otra que caminar a grandes zancadas hasta coger velocidad. Lo malo era que el célérifère no tenía volante ni dirección, y por lo tanto no podía ser conducido salvo a manotazos sobre la figura animal que ejercía de proa.

Pero llegados a este punto, bueno será que retrocedamos para intentar clarificar esta historia. El hecho es que tras la invención de la Draisiana en 1817 y el revuelo que se produjo en Alemania ante dicha innovación, un periodista francés se sintió picado en su orgullo nacionalista y decidió rescribir la historia, introduciendo en ella al célérifère y al vélocifère, a los que transformó en ancestros de la bicicleta para mayor gloria de Francia. Aquel joven periodista se llamó Louis Baudry de Saunier y en 1891 escribió su Histoire générale de la vélocipédie (Historia General de la Velocipedia), en la que sin ningún empacho llegó a afirmar que el origen de la bicicleta era francés: el famoso célérifère del marqués de Sivrac, al que tras la Revolución Francesa se habría cambiado de nombre, pasando a llamársele vélocifère.Así las cosas, la Draisiana no habría sido sino una especie de copia o evolución de aquella, una suerte de vélocifère articulado.

Por suerte, ya en los años 80, algunos investigadores del ciclismo (Max Rauck, Gerd Volke y Felix Paturi, fundamentalmente) advirtieron que antes de la llegada del célérifère de Sivrac habían existido otros vehículos de dos ruedas fijas impulsados por su conductor. Según los citados autores, esos antiguos velocípedos no dirigibles habrían estado expuestos en el Germaniches Nationalmuseum de Nuremberg hasta finales del siglo XIX, perdiéndose luego su pista sin que en nuestros días quede el menor rastro de ellos.

Pero habrá de ser un investigador japonés, Keizo Kobayashi, quien en 1993 termine de aclarar este embrollo, desenredando la madeja enmarañada por Louis Baudry de Saunier. En su obra Histoire du Vélocipède de Drais a Michaux (1817-1870), editada por el Bycicle Culture Center de Tokio, Kobayashi deja al descubierto la serie de equivocaciones que condujeron a Baudry de Saunier a la mistificación del célérifère. Para empezar, ya en 1803 se utilizaba el término vélocifère, aunque entonces se aplicaba a algunos vehículos públicos de cuatro ruedas dedicados al transporte de viajeros, mientras que célérifère fue, en realidad, el nombre que se dio en 1817 a un modelo de carruaje, competencia del vélocifère, que desde hacía años se usaba en Gran Bretaña. Tiempo después, cuando aparecieron los primeros velocípedos (la draisiana), se les denominó equivocadamente como vélocifère y célérifère, un error que hizo suyo, magnificándolo, Louis Baudry de Saunier.



 

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